Quien niegue que el tiempo se detuvo en el instante en que nuestros labios se besaron, no hace más que mentirse a sí mismo y a los que lo miran. El tiempo. Qué insensatas sus definiciones, qué diferentes entre sí. Cuántos usos, cuántas maneras. Qué pocas las personas que pudieron descifrarlo y hoy lo disfrutan sin contrastes. Se detuvo en tu mirada, en tu risa, en tus besos. Se detuvo en una plaza con algo de lluvia y un sol que, aunque quería, no se podía asomar. En un aire frío pero con deseos algo cálidos, en unas calles apedreadas que nadie, nunca, va a volver a pisar. Desde ese instante te volviste eterno. Dos o tres horas pueden dar comienzo y final a toda una historia. Dimos lo que debíamos dar, nos amamos hasta donde pudimos y hasta donde el viento nos dejó volar. Sin preguntar quién eras me enamoré, y seas tú quién seas, siempre te querré. Creímos no tener techo y éste nos dio el golpe final. De imprevisto, doloroso, sorpresivo, confuso. De antemano, y, sin dudas, justo en el instante en que creíamos estar ganando el juego. Hasta el día de hoy llevo ese tic tac interminable en mis labios, la huella de los tuyos y el tiempo que, aunque pasa rápidamente para muchos otros, se encuentra completamente pausado para mí. No puedo seguir adelante; no hasta que acepte que sólo me queda tu recuerdo. Y tu huella. No hasta que me choque también con el techo del tiempo.
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