jueves, 16 de febrero de 2012

Él vendrá para ir y no puedo hacerlo esperar

Isa. Así me dicen, es mi apodo. Intenté llamarme de mil maneras más pero nunca pude cambiarlo del todo. Isa es todo lo que soy, soy yo, todo lo que siempre quise ser, son 14 años con dos piernas, brazos, y además de lo que puedo ver, supongo que tengo una personalidad de esas fáciles de entender, más allá de poder ser un poco bipolar o más que nada impulsiva. Puedo cambiar, no fui siempre la misma persona, siempre mejoré. Creo. También me di cuenta que soy algo parecido a un boomerang. Me dejo soltar, doy una vuelta y caigo en el mismo lugar. Y si no me caigo, me encuentro en las mismas manos que me habían soltado anteriormente, y siento como lo vuelven a hacer.


Digo esto porque quiero estar segura de cómo soy y qué es lo mejor para mí antes de marcar este punto y aparte en el libro de mi vida, que por cierto, apenas está empezando. Fueron unos minutos nada más, justo los necesarios. Empezó en el momento en que me puse a pensar, pero no de cualquier cosa, sino de eso.


Salí a caminar un poco. Empecé a trotar mientras intentaba librarme de este tema que ya me tenía cansada. Había que elegir entre el blanco o el negro antes de que llegue demasiado tarde. Tic. Sonó el reloj y sentía cómo me apuraba casi sin darse cuenta. Ese trote lento se aceleraba cada vez más al ver que esto ya no era un simple paseo y que tenía una carrera que ganar. Tac. Se vuelve a escuchar.


Frené y toda esa competencia se desvaneció de un segundo al otro, y dejó de sentirse la tensión. El tiempo ya no intentaba pasarme, sino que se sentaba a mi lado pacientemente y esperándome. Me dejó pensar por un rato, pero sabia que no podía tomarme todos los minutos que yo quería. Estaba nerviosa y como siempre comiéndome las uñas, sintiendo que ya no tenía que dar más vueltas, que no podía escapar más. La misma sensación de cuando era mucho más chica: agarraba una margarita y hacía el juego del "me quiere, no me quiere" y me sentía afortunada cada vez que me quería.


Claro, ahora no servía de nada jugar con una flor porque no era acerca de si me quería o no me quería. Era sobre mí, ¿y qué iba a hacer con este asunto? No podía dejar que el tiempo lo decida antes que yo. No puede decidir todo, solamente nos da el espacio para pensar y luego elegir. Todos queremos matar el tiempo pero es él quien termina matándonos a nosotros si es que tardamos demasiado.
Dicen que el tiempo y el olvido son como hermanos gemelos, que vas echando de más a quien un día echaste de menos.

Mi decisión se basó en esas palabras. Y listo, está hecho. Pero no tengo miedo del mañana porque vi el ayer y amo el hoy.

1 comentario: