domingo, 24 de marzo de 2013

Tan perfecto, familiar y algo desentonado a la vez


No habían pasado más de veinte horas desde que lo supe. Era una mañana fría, con algo de sol en las avenidas. La poca suerte que me quedaba estuvo conmigo en este sentido: un hermoso y frío viento rozaba mi cara al compás del sol quemando mis hombros. Era una melodía sin filtro, un ritmo algo desentonado, pero hermoso al fin. Crucé la avenida, había pocos autos, supongo que era demasiado temprano para el resto de la gente. Será que era domingo, que muchos estaban descansando, o que era yo la que no concordaba con el pulso de esta extraña civilización. Mi próxima meta era dirigirme al café más cercano. "Santino" es el nombre de aquel lugar donde mantuve esta extraña conversación. Recuerdo esa perfecta mezcla de colores entre amarillo y bordó que tan bien combinaba en sus paredes. Recuerdo también el aroma de las medialunas, lo deliciosas que eran. De hecho, recuerdo muy bien cada detalle de ese desayuno, excepto una cosa. ¿Quién fue aquel extraño que se me acercó lentamente con un diario en una mano y un café en la otra? ¿Habré sido yo quien lo invitó a conversar? ¿Era en verdad un extraño?. Lo primero que recuerdo es el tono cálido y familiar de su voz, entonando con esa suavidad matutina las siguientes palabras:

- Me enteré que ya hay alguien más en su vida, pero eso ya lo debés saber.

Al principio me resultó algo agresivo. ¿Quién era esta persona? ¿Por qué era como si me estuviese hablando mi propia consciencia? Algo confundida, respondí:


+ Sí, notición. 
- ¿Cómo? ¿Acaso no te molesta saber que esta nueva persona supo ganar el juego del cual quedaste descalificada?


En este momento rompí en llantos, la respuesta era más que obvia. Ahora lo recuerdo, no había sido la brisa de la mañana ni el sol en la avenida. No fue el exquisito sabor de las medialunas ni la perfecta espuma del café lo que hizo tan mágico este día. Fue su voz, tan familiar y seductora. Fueron sus labios, modulando con perfección cada palabra, casi adivinando qué era exactamente lo que quería escuchar, cuáles eran las preguntas que hace mucho tiempo estaba esperando que alguien me haga. Tomé de inmediato la confianza que este extraño me estaba ofreciendo y accedí a usarlo de pañuelo. Secándome un poco las lágrimas, respondí:


+ ¡Claro que me molesta! Pero descartando posibilidades supe que ser fuerte es mi única opción. No quiero convertirme en una mala perdedora, eso nunca. 
- No te confundas, vos no perdiste. Simplemente no te permitieron seguir jugando.
+ Puede ser. ¡Lo es!, pero no quiero buscar más explicaciones porque o no las encuentro o resultan ser demasiado confusas. O dolorosas, que es peor, muchísimo peor. Yo reacciono así porque es mi manera de ser, de enfrentar la situación. Ésta es mi manera de ponerle el pecho a las balas. No me puedo enojar, tampoco llorarle, no serviría de nada. Entonces me pongo el cartel de boluda, la cara de nada y sonrío. Así de sencillo, sonrío. Porque a veces la más boluda resulta ser quien encuentra primero la felicidad a través de esa ventana que abrió de una correntada el cierre de otra puerta. Y mientras él hace la suya, yo trato de tomar este café y deshacerme de las mariposas que quedaron volando.

Fue como hablar conmigo misma.

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