Era una mañana algo nostálgica. Es probable que no existiera motivo alguno que explique mi situación, pero cualquiera podía darse cuenta de la dureza del aire, de la brisa algo deprimente, del sol que, aún estando allí presente, hoy no quería iluminar. Quise ambientar el lugar con algo de música y busqué algo adecuado a la climática de la soledad. Presioné el botón de reproducir demasiadas veces, pero ninguna canción definía exactamente mi estado sentimental. El problema era que, como de costumbre, todas las canciones hablaban del amor. Del amor y de sus triunfos, del amor y de sus caídas. De cómo amando era uno capaz de levantarse, de cómo amando podía uno borrar su soledad. Pero éste no era mi caso; mi soledad no respectaba a mi falta de amor. Al contrario, era algo más, era como un vacío cultural, como alguna explicación acerca del mundo que me hacía falta para sonreír nuevamente. Continué buscando, esperando encontrar esa canción con la cual me sienta plenamente identificada.
Finalmente lo comprendí: mi deseo era casi tan utópico como el intentar describir mi situación. Entonces me miré las manos, las aprecié una y otra vez y supe que había algo que podía hacer con ellas. Fui directo hacia el piano, allí me esperaban hermosas melodías, infinitas canciones; una de esas tenía que servir. Empecé por mi favorita. Era un sólo de piano, no poseía letra ni autor. Esta canción no tenía personajes, no hablaba de nada en particular. Fue hecha para ser escuchada y para sentirla; entonces lo hice. A cada acorde ponía un nuevo sentimiento sobre la mesa, y así la encontré. En mi mundo hablaba de la traición que había sufrido, de lo mucho y poco que me importaba. Hablaba de mí y de mi historia, hablaba de todo, de todo menos de amor. Entonces la mañana sonrió, y yo le devolví la sonrisa.
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