Lo que me cuesta es sentir su fortaleza en favor de la mía. Siento que está presente pero su esencia no es capaz de rodearme y brindarme su calor. No me abraza, no me apoya, no confía. Y cada vez estoy más cerca del nudo; de ese que genera que tantas personas estén perdiendo confianza en mí. Porque miento, porque no me animo a contar lo que me pasa, porque por alguna razón no quiero escuchar sus consejos y por alguna otra tampoco los necesito. Porque la respuesta está en mí y en nadie más. Un día la dije frente a un espejo y nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado, he jurado olvidarlas.
Hasta el día de hoy ese espejo no me quiere reflejar. Lleva guardadas respuestas que, aunque preferiría encerrarlas dentro de ese mundo hasta el agón, necesito que salgan. En las raíces de mi mente más imaginaria ese mundo fue formado cual laberinto. En el centro de él está la solución, mis manos casi pueden rozarla y mis ojos verla, pero tan perplejas son las curvas para alcanzarla que de alguna manera sé que voy a morir antes de hacerlo.
Lo que realmente necesito es un par de ojos que reflejen lo que ese espejo no pudo: que me brinden esa respuesta que sé pero algo de mí pide a gritos que vos me la digas, que me eviten perderme otra vez en ese laberinto.
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