Fue una noche de insomnio. Buscando algo para hacer, cualquiera sea su objetivo, intenté hilar recuerdos. Por diversión, por ver qué recordaba, porque nunca viene mal hacer una cuenta regresiva y pensar. A ver qué se formaba, qué parte de mis memorias eran plenamente mías, y qué parte plenamente tuyas. Confirmé una vez más que mi memoria no era tan confiable como creía: me había olvidado de sus abrazos, de cómo se sentían sus besos, de sus palabras. De las palabras que me había dicho ese día, y de las que no también. Me olvidé de todo lo que me hacía sentir tan viva por las tardes y tan "no me importa si muero acá" ´por las noches. Me olvidé de lo mucho que me gustaba ese irónico espejismo que termino de confundirme en un falso intento de entenderlo. Lo único que quedaban eran lugares y momentos a los que no les faltaba más que unos pocos días para desvanecerse por completo.
Hasta que llegó el día de hoy. Pasaron varias noches más. A cada una recordaba una buena historia y, si el insomnio estaba nuevamente de mi lado, se la contaba a mi almohada que tantas otras guarda ya. Pasó el tiempo y lo eterno y duradero se fue en aquella tarde, con esas palabras que ya poco me importan, tan crueles y sinceras a la vez. Se fue con mis memorias, que quizás no me importen porque no las recuerdo, pero cuál es el caso de seguir cuestionando si al fin y al cabo, la respuesta ya me la olvidé. Aquello que yo creía eterno, se fue con mis ganas de recordarte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario