miércoles, 5 de junio de 2013

Andrés I - Cruzar la avenida

Dentro de las cosas que detesto de la vida está esa incertidumbre que me agarra cuando me preguntan con qué única palabra sería capaz de describirme. No lo sé, no puedo hacerlo con una sola ni tampoco con diez. Soy vueltero, algo histérico. Tengo bien en claro mis objetivos pero nunca supe cómo voy a hacer para alcanzarlos. Algunos van llegando solos, supongo, y esa es la parte fácil de mi historia: entender que a veces todo brota por un poco de suerte. Por si a alguien le interesa, tengo la piel blanca y el pelo castaño. No soy muy alto ni muy bajo, creo que me gusta así. Tampoco soy muy sincero conmigo mismo. En realidad, me gustaría crecer unos cinco centímetros más, o quizás es mucho pedir. Algunas personas me caracterizan por mi mal humor constante, ese que no me deja avanzar y ponerle el pecho a las balas, pero tampoco pretendo hacer mucho por cambiar eso. De hecho, muchas de esas personas están mal ubicadas en su camino y no puedo soportar que intenten ubicarme a mí. Eso, por ejemplo, me pone de mal humor.

Estoy enamorado de una chica. Una sola, irreemplazable, única. Fue mía, hace mucho tiempo.  La perdí y sigo llorando su partida, soy muy sensible al amor. Muchas veces siento que tendría que cambiar ésto, ya que mi apego al pasado no me deja emprender camino a otras montañas y pierdo oportunidades. Es eso, me la paso desperdiciando chances, dejando pasar nuevos amores, rompiendo algunos par de corazones. Soy un forro, sí. En el último tiempo estuve casi decidido a jugármela por una chica, pero cuando ella también decidió hacerlo, me eché para atrás. Capaz fue miedo, no sé. El tema es que estoy en una etapa de mi vida en que no estoy dispuesto a patear para ningún lado en particular, sólo a esquivar un par de guadañazos y hacer tiempo hasta que mi corazón se reintegre por completo y así pueda volver a batalla. 

A veces ni yo me entiendo. Sé que tengo que despegarme, sé que tengo que seguir adelante, sé que por más que quiera mirar atrás, allá ya no hay nada. Por sobre todas las cosas sé que allá en frente hay alguien esperando a que yo cruce de vereda, y ese alguien puede acompañarme mucho tiempo de mi vida. Pero no quiero darle mi mano, no quiero apostar, no soy bueno en eso. Quizás la otra vereda esté muy lejos y tenga que subirme a algún que otro colectivo. Y me marean, siento náuseas. O quizás sea sólo el miedo de que, al subirme, ya no me pueda bajar, y ella deje de esperarme del otro lado de la avenida.

Fue un gusto escribir mi historia acá. Perdonen la falta de final: es que todavía no me decido por cuál quiero darle. Hasta pronto, Andrés.

No hay comentarios:

Publicar un comentario