sábado, 1 de junio de 2013

Decidió encerrarse en las cuatro paredes que conforman su habitación. Por la cerradura sólo veía oscuridad: había apagado las luces. De fondo se escuchaba una canción, algo melancólica, quizá le recordaba a algo, o a alguien. Detrás de la puerta sólo podía oír llantos. Sentí curiosidad: la que estaba allí adentro llorando debía tener una conexión muy profunda conmigo que nunca me propuse investigar. El hecho de ser su madre y sentir sus lágrimas en mi mejilla provocó un gran nudo en mi garganta. Finalmente entré, despacio. Lo comprobé: todo estaba oscuro. La computadora apagada, la persiana baja, la lámpara probablemente rota. Al principio no pude encontrarla, pero luego, allá estaba. En una esquina, abrazada a sus rodillas, escuchando música en su celular y mirándolo al mismo tiempo. Estaba mirando una foto, no pude ver cuál era. Cuando se dio cuenta de que yo estaba allí, levantó la mirada; sus ojos tristes, la cara roja y esa mirada de dolor me dejaron sin palabras. Tenía preparado un discurso para darle en el cual le decía que sea lo que sea, tenía que seguir adelante, pero no pude hilar siquiera la primera oración. "¿Qué querés?" me preguntó. Sonó algo agresiva, pero de alguna manera entendía su enojo. Volví a mirarla a los ojos y unas palabras salieron de mí casi sin pensarlo. "Estás enamorada" le dije.

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