martes, 6 de agosto de 2013

Oscuridad

Estaba acostada mirando las estrellas por primera vez en quince años. Tenía que aprovechar, no me iba a quedar ahí para siempre, al día siguiente debía retornar a mi vida urbana, con semáforos y carteles brillantes, con bocinas y siempre alguna discusión de fondo. Los días que estuve alejada de todo disfruté de ir a caminar por las noches, sin ninguna luz, sin querer ver siquiera mis propios pies. Y qué importaba si me caía con algún pozo o si no podía distinguir cuántos árboles me rodeaban, si total era yo la única que caminaba por ese bosque. Sentí seguridad. En la ciudad es distinto, en la ciudad es escalofriante que no haya nadie cerca, en la ciudad estar solo significa desconfianza. Desconfiar del mundo, de si saldrá alguien desde la más profunda oscuridad de este pabellón o de si las luces y los carteles podrían terminar con la noche. Por eso era distinto. Después de observar las estrellas por algunos minutos entendí que eran éstas las que alumbraban mis pasos, que no podía tropezarme con ningún pozo, con ninguna rama, que aún estando sola en varios kilómetros y completamente segura, no podía encontrar la oscuridad que estaba necesitando, esa que en algún momento supo consolarme en las cuatro paredes de mi habitación allá en Buenos Aires, la que tanto busqué apagando luces y cerrando puertas y ventanas, esa oscuridad artificial que los humanos nos inventamos quién sabe para qué. Yo no. Quizás alguien lo sepa, quizás quien la inventó necesitaba sentirse encerradamente oscuro, sin noche y sobre todo sin estrellas. Fue confuso no poder distinguir por un momento entre la tranquilidad del bosque nocturno que me rodeaba y la luz apagada de mi habitación cuando me voy a dormir; el silencio de un par de grillos y aves y la ventana cerrada bloqueando los bocinazos de la avenida; la tranquilidad sobre el pasto húmedo y las estrellas casi acostadas en él, con una cama fabricada por nosotros que junto con el silencio forzado y las cuatro paredes no compiten con la armonía que se generaba en aquella noche. Quise dormir y soñar para siempre con esta oscuridad que no es oscura, que ciertamente alumbra lo justo y necesario, que no me recuerda a nada, y eso era lo más importante: tenía la mente en blanco. Cuando alcanzaba el máximo nivel de sueño un sonido extraño estremeció todo mi cuerpo.

- ¡RIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIING! - Se hicieron las 9:30 y sonó el despertador.

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