Entre el cemento y las líneas blancas había una multitud caminando, todos en diferentes sentidos y direcciones, algunos desorientados y otros, creo yo, demasiado ubicados para el ritmo de la sociedad. Ellos, los rutinarios, los que siempre se apuran, saben exactamente a dónde van y en cuántos minutos van a llegar. Saben también que si no los agarra el semáforo interminable de Callao y Corrientes, les van a sobrar unos 40 o 45 segundos para tomarse el café de la mañana que todos esperan al llegar a sus oficinas. La gente camina a pasos acelerados. Es difícil descifrar si esa es su forma usual o si están apurados por algo en particular. En realidad, el motivo no importa; quien esté acostumbrado a ese ritmo es porque así vive, sin tiempo. El semáforo peatonal marca el blanco y la estampida de gente casi atropella a los autos, blancos, rojos, negros y de todos colores. A mí me gustan los grises. Debe ser una gran contradicción, pero la realidad es que odio ese color; los intermedios me desesperan, blanco, negro, hay que elegir. Soy buena eligiendo, así crecí, arriesgando; y sin embargo acá estoy, en la esquina de Corrientes y Talcahuano, varada, inmovilizada; y el semáforo ahí está, marcando verde, amarillo, rojo y amarillo otra vez; y la gente caminando, llevándome por delante y tatuándome en la cara su destino, casi refregándome que su meta está bien clara. Y yo, otra vez, sin saber a dónde ir.
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