lunes, 2 de diciembre de 2013

 
Me levanté muy temprano al oír aquellos gritos. No quise descubrir de dónde venían ni escuchar una sola palabra más de esa discusión, por el contrario, necesitaba huir. Contrastando a quien sería mi real yo, me levanté de la cama y supe que tenía que dar pasos acelerados, pero no a dónde. Me encontré en diferentes lugares, primero una plaza; luego algún cuarto cerrado con pocas personas sentadas en algunas sillas que alguien, a propósito, ubicó ahí, para mí y para que yo me siente con ellas; más tarde estaba caminando por un barrio muy iluminado, con carteles y semáforos que no paraban de cambiar su color, con gente caminando rápido y felizmente, aún siendo de noche. Aunque mi mente me limite a recordar sólo tres espacios, sé que estuve en muchos otros, puedo sentir a mi cuerpo como desconocido, dándome a saber que anduvo por callejones nunca vistos, que habló con personas que jamás oyó, que realizó hazañas inolvidables pero al mismo tiempo, prohibidas de recordar. Lo conozco. A mí, digo. Me conozco a mí, y entiendo que permanece la razón por la cual no puedo recordar el sueño completo, aunque sí algunos factores que se repetían en cada escena. Como cuando estaba sentada en la plaza, en un banco y al lado tuyo, mirándote y vos, mirándome. O como cuando en ese cuarto vos me invitaste a sentarme en una silla cerca de donde estabas vos, rompiendo el hielo e invitándome a conversar. Y como cuando por ese barrio caminábamos agarrados de la mano, siento des y conocidos a la vez, y aunque me levanté muy temprano al oír aquellos gritos y sabía que lo único que tenía que hacer era dar pasos acelerados, no importaba a dónde decidiera ir. Porque vaya a donde vaya, siempre vas a estar vos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario