Aplausos y fuegos artificiales daban lugar a uno de los días más festivos del año, al comienzo que tantos esperan y otros, con fastidio, lo reciben casi obligados. No sé por qué, pero estaba algo triste. Del brindis la ví esconderse en el balcón mirando, sola, los fuegos articiales, queriendo cortar las rejas, queriendo llorar, o quizás no. Junto a ella me senté a observar lo que sea que estuviese mirando y entonces lo vi, casi invisible, pero ahí estaba. Mi amigo Jorge nos había contado una vez sobre aquel punto en donde se hacían visibles todos los puntos, el que cerraba todas las oraciones, que explicaba hasta el disparate más ocurrente. Lo estaba viendo con ella, al punto, y entendí a qué se había referido Borges cuando escibió aquella historia. Ese punto no era un objeto ni una mirada ni tampoco poseía espacio físico ni lineal ni de ninguna forma posible, ese punto era un instante, un momento, era ese momento. En el cual una se da cuenta de que el cese de los fuegos articiales no es más que una forma de almacenar y fraccionar las vivencias, las risas, los llantos, que no es más que una ayuda a la memoria no sólo para recordar sino también para el olvido. En el cual se comienza a entender que hace 365 días estaba escribiendo en el mismo lugar sobre algun que otro desamor que, quizás, ya me lo olvidé. Que hace 365 sabía que no iba a ser un buen año, un buen capítulo, una buena "fracción" o cualquiera sea su nombre. Aún así es remoto saber que no se trata del comienzo de una nueva vida ni de desaparecer las historias que intencionalmente cometí, pero aún así me propongo a enterrar, un poco más abajo, este baúl con aquella fracción escondida que sólo alberga llantos y nostalgia para proponerme olvidar y algún día, no menos deseado, olvidarme también de que quise olvidarlo.
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