Hoy te soñé. No me acuerdo de tu rostro, pero estabas -como siempre- rozando la perfección, haciendo bailar y reír a todo aquel que te rodeaba, dando lugar a miles de momentos inolvidables y haciendo felices a las personas con sólo mirarlas. Tanta bondad comprimida en vos y al mismo tiempo desparramada por el lugar confundía a los que estaban dentro de mi sueño. Y yo, formando parte de ellos, me consumí con tu delicadeza, con tu sinceridad, con tu sonrisa, y logré que mi imaginación me regalara tener un último recuerdo tuyo.
Al despertarme supe que había perdido el juego de la superación. Asumí que, aún demostrando lo contrario, no podía dejar de extrañarte.
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