viernes, 11 de julio de 2014

Quién

Me encuentro sentada en esta mesa, en silencio. Estoy sola, pero las sillas vacías a mi alrededor me hacen saber que no falta mucho para recibir a la multitud, y eso me inquieta cada vez más. Apurada, intento escribir estas líneas sin ningún tipo de distracción, pero el objetivo se hace cada vez más difícil; algo me está inquietando, muevo las manos, juego con ellas, me veo tentada a morderme las uñas. Me resisto. Delante de mí está el papel que en este momento alberga mis palabras, y dentro de mi puño derecho mi lapicera, inútil, sin inspirarme en absoluto. No sé por qué le estoy echando la culpa a ella, que, inocente, tantas otras historias ha escrito por mí. Aún así, hace meses que no la usaba. Llevo mucho tiempo sin renovar aquella vieja entrada. En este tiempo intenté convencerme de que escribir infinitos borradores era mejor, que no hacía falta publicarlos, que no se lo merecían. Todos estos carecían de tema, de final, de destinatario. Sin embargo acá estoy, sentada en esta mesa, en silencio, sola, pero con sillas vacías, inquieta, apurada, nerviosa. Acá estoy, escribiendo, sin saber bien por qué lo hago, sin saber para qué lo hago, sin saber qué escribo. De lo que si estoy segura es de saber el motivo por el cual mi insiración carecía de forma, el motivo por el cual me encuentro tan inquieta, tan desconectada de mí misma. Pero no era la forma, no era mi inquietud ni mi desconexión: era la falta de un destinatario. Escribo y, aún sin saber responder aquellas preguntas, afirmo con certeza para quién lo hago. Y quizás es eso lo que tanto me aterra: descubrir que mis palabras por fin tienen un destinatario de carne y hueso. 

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