viernes, 9 de mayo de 2014

La puerta

Mi mayor enemigo durante el viernes fui yo misma. Intenté oponerme a mi mente, intenté hacerle entender que nada estaba perdido, que todo iba a salir bien. Quise pensar y reflexionar, la invité a sentarnos y sacar alguna que otra conclusión. Pero ella estaba callada. Supe lo que significaba tener la mente en blanco. No hablaba, pero escuchaba, y entonces yo sola, contra mí misma, comencé a hilar algunas deducciones. Entendí que lo mejor era dejar algunas cosas atrás, aceptar los sucesos de este día y comenzar una nueva etapa. De hecho esto no estaba resultándome difícil. Caminé las tres cuadras desde el colectivo a mi casa pensando cómo sería mi día a la mañana siguiente. Costó imaginármelo, y no sólo porque mi mente no me ayudaba, sino porque había espacios vacíos en mi día que sólo llenaba su esencia. Tuve que pensar en actividades para reemplazar algunas otras, crear nuevos planes, proyectos. Mi objetivo era mantenerme lo más ocupada posible. La caminata se hizo larga, los semáforos parecían estar conspirando para que no jamás llegase a merendar y mi consciencia comenzó a distraerse con todos estos pensamientos. De a poco empecé a comunicarme conmigo misma. Mi mente me contó que estaba dolida debido a la saturación de recuerdos, que no sabía cuáles suprimir o cuáles guardar para siempre. Que no entendía si debería o no olvidarse de él, que si pudiera, saldría corriendo de mí y escaparía a algún cuerpo de algún humano que sea un poco más normal. Le supliqué que se quedara, y lo hizo. Sin darme cuenta me encontraba en la puerta de mi casa. Negra y cerrada, allá estaba. En frente de mí, a uno o dos pasos, en el mismo lugar de siempre. Con ese escalón adelante de ella que tanto amemoraba, con esas baldozas que pisé cientos de veces. Sentí la entrada de mi propia casa como desconocida, pero nada había cambiado. Excepto yo. Fue en el preciso momento en que saqué la llave del bolso cuando lo supe: si yo abría esa puerta y cruzaba el escalón, todo iba a quedar atrás. Con calma estiré el brazo y soltando una lágrima abrí la cerradura. En los dos segundos que tardé en cerrarla me di cuenta de lo que había hecho. Entendí que no era el final de un amor, sino el comienzo de algo nuevo, y yo sólo tenía que abrir una puerta.

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