miércoles, 17 de septiembre de 2014

Seres extraños

Lo vi llegar de lejos. No sabía quién era, no entendía mucho de su vida ni por qué estaba entrando a un barrio desconocido con el fin de encontrarme. Acordamos vernos esa tarde en una dirección que no sabía que existía, que no era su casa ni tampoco la mía, que ninguno de los dos habría imaginado verse alguna vez ahí con nuestras caras, ajenas, irreconocibles, lejanas. Sabía su nombre y tenía alguna idea de cómo se veía. Era lindo, había visto algunas fotos, pero aquello no me daba ninguna seguridad. Mientras notaba como su auto se acercaba por la avenida comencé a temblar. Me di cuenta de la locura que estaba cometiendo en el momento exacto en que también supe que no había marcha atrás. Él ya había estacionado y yo sólo tenía que cruzar la calle y subirme a la camioneta. Comencé a caminar la media cuadra más larga de mi vida, eterna, interminable, pero efimera. Entendí después de unos meses que esos cuarenta o cincuenta metros que estaba recorriendo no eran más que el principio de una gran historia, pero en aquel momento no tenía idea de qué hacía caminándolos. Pensé en posibles desenlaces para ese día: aquel hombre podía resultar una buena persona, me podía hacer reír en esa tarde lluvioza, pero también podía pasar todo lo contrario. No tuve tiempo de deducir qué pasaría si el destino encaraba por la segunda opción ya que apenas levanté la cabeza me encontré en la puerta de su auto lista para entrar y que me lleve a una plaza de Palermo. 

Apenas me subí comencé a comprobar algunas cosas: definitivamente parecía un buen tipo. Simpático y hablador, aún cuando los temas de conversación eran difíciles de encontrar. Éramos sólo dos extraños rumbo a una plaza con el fin de conocernos un poco más. No sabemos quién nos presentó ni cómo llegamos ahí, pero estábamos, y qué bien nos resultó. Apenas encontré el primer puñado de confianza le pregunté acerca de aquella cicatriz. Se la noté mientras manejaba y le decía qué calles debía tomar. Estaba sobre su brazo izquierdo, jamás había visto una parecida, me asombró. Me respondió amablemente y así fue como me contó sobre sus caídas y operaciones, y yo, sorprendida por su fluidez al contar esa historia, lo escuché atentamente. Parecía como si nos conociéramos de toda la vida. En algún momento de la conversación puse la mente en blanco y viajé dentro de mí misma a otra dimensión. Entendí que aún desconociendo la persona que estaba a mi lado algo importante estaba pasando, pero no lo supe hasta algunos meses después. Hoy lo escribo y lo compruebo con mucha felicidad. Aquel evento importante había sido la primera conversación con la persona que se estaba por convertir nada más ni nada menos que en el amor de mi vida. 

Lo vi hace unas horas y lo sigo comprobando, es él, el mismo ser extraño que me encontró en una avenida una tarde de domingo, el mismo que me llena de besos y abrazos, cartas de amor y golosinas, halagos y risas. El que me da ese beso interminable cada vez que nos vemos y también el de despedida (que nunca es uno solo). El que me aconseja y apoya en cada paso que doy, el responsable de mi felicidad hace ya un tiempo. Él, aquel ser extraño que conocí inesperadamente ese domingo supo enseñarme a amar, y yo, sin poder resistirme demasiado, hoy lo amo con locura.

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