sábado, 3 de diciembre de 2016

No sé qué fue

Fue como desenterrar al mismo tiempo todos los cuerpos que habíamos querido ocultar. 

Se estaba haciendo de noche cuando él, por fin, decidió irse. En realidad, la decisión no había sido suya, pero las alternativas eran limitadas. Cuando se cerró la puerta del ascensor entendí que la discusión había terminado, aunque eso significara solamente que las voces de los dos, tristes y enojados por la despedida, se habían por fin callado. Me agarré bien fuerte la cadenita que tenía atada al cuello. Me maldije una y otra vez por haber decidido ponérmela esa misma mañana. Ahogué en llanto.

Por primera vez en mi cursi vida me había quedado sin sentimientos. Es que, claro, quedaron todos en su pecho, justo al lado de donde yacían todas las mentiras que me había dicho. Recuperarlos no era la mejor opción. Estaba pálida, anonadada, vacía. No me reconocía, ni escribiéndome.

Fue como tratar de entender que durante todos estos años había acariciado la cara de la mentira y besado los labios de la traición. 

Fue como ver a la mitad -o más- de mi misma yéndose por esa puerta, viéndome subir por el ascensor. 

Fue como mirar para adelante y sólo ver eso: una puerta cerrada. 

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