Me preguntaba repetidas veces qué era lo que me dejaba la mente en blanco cada vez que era feliz. Deseaba con todas mis fuerzas plasmar en palabras todas las sonrisas que me estabas generando, y aún así no podía. Escribir en épocas de tristeza siempre fue muchísimo más fácil porque mi cabeza se prestaba para las reflexiones más angustiantes y la auto convicción de saber que todo iba a estar bien. Pero hoy, sentada, con la pantalla en frente y miles de borradores posibles de recopilar y ser usados para los mejores capítulos, no me salía nada.
Habían pasado sólo cinco días desde que mi mente decidió alejarse de mí y llevarse con ella todas mis palabras. Sólo éramos él -mi corazón- y yo. Se volvía repetitiva la idea de saber que pensar ya no era una opción y las palabras eran cada día un poco más efímeras.
Cuesta escribir cuando se es feliz porque la felicidad no se piensa ni se cuenta. Supongo que por primera vez en mucho tiempo estar sin inspiración representaba una de las cosas más lindas que alguna vez sentí.
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