Siempre quise armar una mochila y ver cuánto podía meter ahí, qué era lo que estaba dispuesta a dejar y cuáles las cosas que resultaban indispensables para mí. La llamaba "la mochila feliz", porque en ella había una simple sonrisa, con la que, sigo insistiendo, es lo único necesario para ser feliz. Eso, y las ganas de sonreír, se sobreentiende. La cuestión es que nunca la armé, nunca hubo espacio suficiente y no supe separar cosas para poder darle prioridad a otras, o quizás se la daba a las que no la necesitaban.
Es la mochila que nunca fue. No fue porque no entraba, porque capaz sobraba espacio, porque capaz no sabía diferenciar entre una cosa y otra. O porque capaz no tenía idea de qué iba a meter ahí. Pero ahora sí.
Voy a armarla ahora mismo, en estas palabras, y no necesito una mochila de verdad porque estoy segura de que todo lo que quiero poner ahí no entra de manera literal, sino metafóricamente. Hablo de las cosas que me hacen feliz.
Yo soy feliz, no aseguro haber alcanzado la perfección en la felicidad pero estoy firme en que nada me falta y nada me sobra, y de esto se trata: es una estación de parada en el camino entre lo demasiado y lo muy poco.
Siempre supe que había dos maneras de ser feliz. La primera es hacerse el idiota, el que se ríe todo el tiempo, que no necesita ser consolado porque nunca se pone mal, el de fierro, el dueño de esa casa que el lobo no pudo soplar. Y la segunda manera es simplemente serlo. Digo simplemente porque no hay axiomas ni puntos a seguir. No hay caminos, no hay trampas, no hay siquiera una piedra lo suficientemente grande que nos impida avanzar. Digo simplemente porque es ser y nada más, y eso es lo más fácil. El problema es que muchos no saben cómo. La clave está en no tener motivos para no ser feliz, porque los motivos para serlos están desde nuestro nacimiento. Desde que nuestras madres nos alimentan por primera vez, desde que decimos nuestra primera palabra, y más adelante: desde que aprendemos a amar.
Acá viene la parte en la que me doy cuenta que soy de la primera clase de persona feliz. Una idiota. Porque tengo motivos para estar mal y no me hacen nada. Es una brisa que pasa, me genera un cosquilleo y se va. Y vuelve a pasar. Y se va. Entonces llega el día en que esa brisa se convierte en un fuerte viento que no es fácil de soportar. Y entonces lloro.
Entonces me voy a ir para no verme más. Agarro la mochila, pongo en ella a mis seres queridos, recuerdos preciados, algunos besos y abrazos y un poco de comida. Eso, piernas para caminar, cabeza para pensar y corazón para amar. Y nada más. Esa es la técnica para no encontrar motivos de tristeza, poner lo justo y necesario, y poder ser feliz con pocas cosas, porque resultan ser las más importantes. Porque en realidad, si llenamos sabiamente nuestra mochila y sabemos cómo llevarla para no perderla ni a ella ni a las cosas que hay dentro, no hay ningún otro motivo para no ser feliz.
Y casi me olvidaba, ¿querrá él entrar en mi mochila?

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