miércoles, 21 de noviembre de 2012

Veinticinco horas

Apenas me levanto empiezo a planificar. Me gusta tomarme todos los días un medio de transporte diferente al del día anterior, sólo para modificar un poco la rutina. Ya es suficiente con que las horas duren siempre lo mismo y los días cumplan siempre en el mismo lugar sus 24 horas. A veces me gustaría saltearme algun que otro tic tac, quedarme en otros para siempre y algunos quizás repetirlos. Los días parecen todos iguales. Todos con el mismo sol, el mismo cielo. No, no importa el color, a mí no me engañan, sigue siendo el mismo. Esa nube creo que la vi ayer. Ya es rutinario hacer el chiste de "pisar" un arco-iris cada vez que pasás por un charco de agua medio colorido después de un día llovioso. Ya es aburrido.

No, la verdad que no lo parecen. Simplemente lo son. Los días son todos iguales, la misma mierda, el mismo gris. Creo que fue en un tweet el que me dijo que dependía de nosotros y de nuestras acciones hacer que un día fuese diferente, quizás original. En mi caso, dependía de cuántas sonrisas te dedicaba. 

Eso era lo que me gustaba, es algo de ese tinte de color que tanto extraño. Antes duraban más. Me refiero a los días, creo que nadie más lo notó. Era yo la única ilusa que andaba por la vida sonriendo, sabiendo que hoy su día tenía una hora más que podía aprovechar para pensar un poco más en él. Y ya no importaba si me tomaba el 106, el 109 o si tocaba hoy la lucha por entrar en el Subte B. No tenía sentido cambiar de colectivo porque los días de por sí tenían un tinte diferente. Eso era en el antes. (¿Antes de qué?). De la pincelada gris.

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