Fue exactamente después de perder esa batalla que empezó a soñar con utopías. La razón se debía a creer que, de ser posible salir de un laberinto y adentrarse en otro sin ningún tipo de dolor (y mucho menos de festejo), tenía la fuerza para enfrentar esta derrota y seguir luchando. Gran parte de sus esperanzas estaban totalmente desalineadas con la realidad, pero fue unos segundos después del golpe que supo entenderlo; en parte porque sabía que podía llevarse la victoria, pero también porque no tenía la valentía para ganar.
Fue dejando recuerdos en algunos cajones. Fotografías, envoltorios de golosinas, cartas que no entregó, libros; cualquier tipo de objeto que la transportara a través de sus memorias a un espacio y tiempo donde seguía disfrutando de esa magia. Poco a poco se fue moderando y, asumiendo de imprevisto su derrota, desechó recuerdos que no hacían más que hacerla llorar. Así, rutinariamente, solía deshacerse de alguna que otra cosa, con la esperanza de esconder ese sentimiento, causa de su nudo diario en la garganta. Finalmente sólo le quedaron dos recuerdos: la pulsera y la fotografía.
No le gustaba la idea de regresarlos al cajón. Seguramente dentro de unos días se olvidaría en cuál los había guardado. Quién sabe cuando los volvería a encontrar ni qué emociones le provocarían. Prefirió dejar la pulsera en donde debía ir: su muñeca izquierda.
Sabía, en cambio, que una fotografía era la mejor forma de pausar el tiempo. Se imaginó ese día para siempre y mirándose al espejo entendió que si el tiempo se pausaba en ese instante, no hubiesen sido lo que fueron. Sin pensarlo demasiado, la rompió.
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