Finalmente muchos tenían razón. No estoy segura de haber apostado, de hecho, no lo hice, pero de haberlo hecho, en este mismo momento sería una completa perdedora. Tengo que admitirlo de una vez por todas: sí, tal parece ser que Córdoba fue esa vuelta de tuerca que necesitaba para cerrar un poco el baúl de los recuerdos. Lo que necesitaba ahora era uno más grande que casi reemplace sentimentalmente a aquel viejo, pequeño y tan apreciado que solía usar. Porque estoy segura que soy incapaz de eliminar recuerdos, pero siempre hay una manera de escapar: podría llenar este nuevo baúl con nuevos amores, pasiones, momentos que no quiera olvidar, quizás planes a futuro. O podría llenarlo simplemente con la motivación que desde el comienzo de este año me persigue día y noche, con esa meta a futuro que hasta ahora no quise cumplir.
Podría. Pero pasado el tiempo descubrí que no pude. Fui tras ello, lo intenté, incluso hasta lo estaba logrando. El resto son todas memorias difusas y difíciles de escribir, lo último que recuerdo es que un 4 de enero yo misma renuncié a aquello por lo que no me animé a apostar, supongo que estaba asustada. Y de nuevo, si hubiera apostado, ahora sería una perdedora más. Otra vez tengo que admitirlo: sí, me hace falta otra vuelta de tuerca. Un replanteo de las causas por las que lo dejé escapar. Un ajuste más a ese baúl de los recuerdos que tal parece ser, no está del todo cerrado.
Pero algo está más que claro: preferiría haber perdido esa apuesta antes que convertirme en lo que soy ahora. Una cobarde.
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