Tal como la lluvia cae y se hace imposible contar la cantidad de gotas que caen con ella, fue tu partida. Lenta, dolorosa, eterna; porque lo eterno puede ser sólo un rato, si así nos lo proponemos. La lluvia era la metáfora perfecta para explicar el transcurso de mis días y todos los sucesos que escondía cada uno de ellos. El reloj avanzaba, como siempre, de izquierda a derecha. Desde mi perspectiva todo seguía siendo igual de gris. Éste era mi problema: tenía en los ojos unas anteojeras. Así, como cuando se las ponen a los caballos para que no se asusten con el ruido del tránsito, era mi vida. Representaba el miedo que tenía de escapar, de abrir la puerta y que el sol esté brillando tan fuerte que consiga encandilarme.
Poco tiempo atrás la lluvia paró y pude contar las gotas. Eran pocas, muy pocas. Dejé de aferrarme sin motivo alguno a cosas del pasado que ya no poseían ningún valor en mi vida. Ésta quiso devolverme la cachetada, claro está, pero la parte feliz de esta historia es que pude seguir caminando, casi trotando, con energía al máximo y sobretodo la felicidad necesaria para alcanzar mi nueva meta.
"¿Y sabés qué es lo mejor? Que tuviste que pasar por todo ese sufrimiento para darte cuenta que algo tan grande como el amor estaba ahí al lado esperándote, y es de quien menos esperabas"
Al terminar de escuchar estas palabras lo entendí. Ahora era feliz, verdaderamente feliz. Todavía no había alcanzado meta alguna ni emprendido con firmeza mi nuevo camino, pero el simple hecho de proyectarlo iluminó mis mañanas frías, secas y grises. Algún día, quizás, descubra cuál es el verdadero pulmotor de mi felicidad, cuál es la poción que pudo llenarme nuevamente. Algún día, quizás, descubra el karma que me espera, empezando por tu llegada. Algún día, quizás, me haya librado de estos miedos que contrastan al sol, pero por ahora quiero vivir un poco. Basta para mí y basta para todos.
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