domingo, 2 de febrero de 2014

Sereno presente

En silencio, me gustaba verla dormir. Tenía gestos muy típicos y bastante básicos a la vez, y yo, muerta de insomnio, me refugiaba otra vez en mis rodillas viéndola y haciéndola tan real como lo creía posible. De costado y siempre de su derecha, con las manos juntas casi reemplazando a la almohada, innecesaria, que terminaba por alejarse durante la noche. Con la boca cerrada, transmitiendo ternura, con una magia angelical muy especial. Como la de los bebés. Ahí lo supe, en su magia, en su forma de dormir tan tranquila, despreocupada. Se notaba su satisfacción en que si se llegara a despertar sabía que iba a ser el mejor día de su vida. Ella se esforzaba en hacer así de únicos cada uno de sus momentos. Y aún si no se despertara jamás, dormía feliz. Era eso, era felicidad, y casi me contagió. La chica a la que yo estaba imaginando semovía por dentro como si fuese tan cercana. Pero no estaba lejos, sino todo lo contrario, dentro de mí. Y con sólo imaginarla, con sólo escribirla e inmortalizarla me cautivó y me invitó, en sus sueños, a darle una vuelta manzana a su forma de ser, tan plena, tan viva, sin nada para temer, sin pasado, sin futuro. Ella vivía el ahora  se encargaba de hacerlo mágico. Fue eso, una experiencia maravillosa, y yo, con sólo imaginarla, imaginé también mi felicidad. A la mañana siguiente la vi en un espejo, igual de viva, igual de plena. Pero real. Era real. Era la felicidad en persona, y yo me dejé contagiar.

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