Durante un largo tiempo inteté aislarme de la multitud queriendo encontrar fuera de ella lo que tanto andaba buscando. Hace meses que me sentía solo, y peor aún, jamás había llegado a tocar un alma con la piel de mis labios. Aún teniendo en mis manos todo lo que siempre había querido, me sentía vacío, ya que este hueco no era capaz de rellenarse con simples hechos materiales. Opté por buscar otra salida. Si durante tanto tiempo el amor no había podido encontrarme dentro de aquella multitud, entonces iba a ser yo quien, dentro mío y con una actitud un tanto egoísta, salga a buscarlo. Durante cierto tiempo me concentré en mi objetivo. Caminaba por la calle ignorando hechos que pudieran distraerme de mi meta; presenciaba situaciones en las que no interfería sólo por miedo a que éstas desperdicien mi tiempo, escazo, en cuenta regresiva; usaba los medios de transporte como musa de inspiración, poniéndome los auriculares y concentrándome, una vez más, en aquellas canciones de amor por las que tanto anhelaba sentir algo. Hasta que una noche me perdí. Mi aislamiento había llegado a un punto extremo donde sólo me importaba yo y mi búsqueda, ignorando por completo que yo debía ser parte también de la búsqueda de aquella persona que estaba esperando por mí. Caminando a paso acelerado y silbando una de mis canciones preferidas me olvidé del mundo, a tal punto que, en sólo un segundo de distracción, perdí mis llaves. Recordando puedo darme cuenta de que una chica un tanto colorada me estaba queriendo decir algo. La ignoré. Desconozco en dónde fue, o en qué parte de la canción pudo haber ocurrido, pero de alguna manera este hecho hizo que me resigne por completo a encontrar lo que tanto deseaba. Levanté la cabeza y miré la puerta. Me encontraba perdido pero al mismo tiempo en la puerta de mi casa, sin poder entrar, y con temor a sacarme los auriculares. Estaba al borde del llanto, frustrado; me había quedado sin amigos, sin personas importantes a las cuáles podría recurrir en estos momentos, sin familia a cuál le importe o me importe a mí, y lo más importante: me había quedado sin llaves. Desde allí todo se volvió algo confuso. Recuerdo que comencé a temblar y no paré hasta que una mano acarició mi hombro, como llamándome. Pausé la música y la miré: era ella, colorada, radiante y hermosa, con los ojos claros y los labios gruesos, la frente grande y los pómulos sobresalientes, con su mano izquierda sobre mi hombro derecho y su mano derecha con mis llaves entrelazando sus dedos. En el instante en que la vi me enamoré de ella. No sólo por lo hermosa que era sino también por ser ella mi heroína, la que me había sacado de la soledad. Con el paso del tiempo pude sentir esa sensación de tocar un alma con mis labios, y después de todo comprendí que me había equivocado al querer encontrar el amor dentro de mí. Ella siempre estuvo allí, dentro de esa multitud que tanto aprendí a odiar, esperándome, y yo, por mi egoísmo y ceguera, la encontré más tarde de lo que debería. Frente a esa puerta lo pude comprobar: era un hombre solitario, de cuarenta y ocho años, encontrando por un lado mis llaves y por el otro, al amor de mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario