Habían pasado días sin hablar y estaba empezando a preocuparme, no por el hecho de extrañarla sino de saber que eramos nosotros, juntos, los que lográbamos ubicarnos en el plano de este mundo tan poco lineal. No supe lo que era la angustia hasta que creí por un momento que no la volvería a ver. Nunca fuimos la pareja perfecta ni los amigos incondicionales que uno espera encontrar a lo largo de su caminata pero sin embargo ahí estábamos, sosteniéndonos el uno al otro y atravesando de la manera menos dolorosa nuestros desencuentros, es por esto que mirar hacia adelante e imaginarme tal vacío me generó una incertidumbre tan grande que supe que mi desasociego comenzaría a crecer más y más luego de su partida. Comprendí que lo importante no era lo confuso de nuestra relación sino el hecho de que eramos tan indispensables el uno al otro que logramos ser, a nuestra manera y en nuestro mundo utópicamente recto, inseparables. Supe que era el momento de despedirla. Allá iba, tan bella y radiante como la primera vez que la ví, sólo que esta vez caminaba en dirección contraria.
- Que nos volvamos a ver, Ana - Grité.
Nadie respondió.
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