Su voz se convirtió en mi remedio de aquellos días tan grises. Solo escucharla me generaba cierta nostalgia, sabía que la había escuchado antes y no habría soportado jamás la idea de perderla. Pero eso no fue necesario, porque nadie me lo advirtió. Sentados en el pasto me confesó que me extrañaba, que soñó mil y un veces con poder cantarme mi canción una vez más. Sin embargo, mi voz, ronca por el llanto y temblorosa por lo que podría llegar a pasar, le dijo que se fuera.
Quisiera haber sabido que esa habría sido la última vez que iba a escucharla cantar.
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