viernes, 23 de enero de 2015

el futuro llegó hace rato

Fue en el preciso instante en que pisé la vereda cuando mi cabeza logró hilar algún que otro pensamiento. El viaje había sido largo y monótono. El celular sin batería y mi imaginación agotada me obligaron a dormirme intermitentemente cada quince minutos, hasta que una frenada brusca o una loma de burro me despertaban alertada por ver cuánto faltaba para llegar. Pero obvio que mi mente ya lo sabía, ella tenía los segundos y metros contados para aquella casa que tanto había concurrido en los últimos meses. Allá estaba, caminando lentamente, terminando de gastar los diez minutos que me sobraban antes de que él salga por su puerta y me vea ahí, parada y esperando para besarlo. No sabía muy bien por qué lo estaba haciendo, sólo sabía que era lo correcto.
 
 
El pelo despeinado, el paso lento y los ojos cansados eran el alma de mi espíritu dominguero. "Podría haber dormido dos, tres, cuatro horas más", pensé. Pero hace rato que dormir había pasado a segundo plano, o por lo menos si no era con él.
 
 
Cuando miré hacia adelante me di cuenta de que no había avanzado nada. Seguía parada en el mismo metro cuadrado que pisé al bajar del colectivo, y a unos cinco metros, sólo cruzando la calle, estaba su casa. Y dentro de la casa el amor de mi vida, ahora atravesando la puerta y mirándome, asombrado, sorprendido. Sin entender qué hacía ahí parada y por qué no estaba cruzando la calle para saludarlo y darle aquel beso tan deseado. Supongo que simplemente me quedé congelada, anonadada. Aquel hombre tan hermoso era mío, y lo amaba con locura. Lo vi acercándose hacia mí y aún así no pude decir una palabra.
 
 
Me desperté horas después al lado suyo. Seguía durmiendo tan angelical como siempre lo hacía, y yo estaba teniendo la suerte de poder verlo dormir. Lo último que recuerdo de aquella mañana es que cuando se acercó me quedé muda. De repente había perdido la noción de tiempo y espacio, no comprendía qué hacía ahí, en frente suyo, cuando debería estar allá, en mi viaje y lejos, lejos de él. Aquel hombre supo entenderlo, -entenderme-, y selló ese momento silencioso con un beso. El beso. Aquel que ahora sólo recuerdo como el mejor beso de mi vida. "No quiero alejarme nunca de vos" fueron las primeras palabras que pronuncié en lo que iba del domingo.
 
 
Los siguientes veinte minutos los dediqué a ver cómo dormía, anhelando que despertara. Hasta que finalmente lo dijo. Abrió los ojos, estiró el brazo y acariciándome me recordó lo que siempre me decía.
 
 
"Ojalá tengamos infinitas siestas como estas"

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