La fiesta había terminado y los invitados estaban ya rumbo a sus casas. Acomodé algunos vasos en el vano esfuerzo de ordenar el comedor, pero no hice más que mentirme a mi misma. Lo único que quería era sentarme en el sillón y prender la tele, anhelando por alguna buena película pero no lo suficientemente buena como para que me permita dormirme en el transcurso. Agarré una frazada y una taza. Cuando fui a llenarla dudé entre ponerle vodka o chocolatada, pero la segunda opción siempre iba a ser mi favorita, al fin y al cabo, el alcohol no era mi mejor aliado. Y menos un día como ese.
No sé qué tenía este jueves por la noche que lo hacía tan diferente a los otros. He tenido algunos domingos tristes, lluviosos, nostálgicos, pero todos parecían poseer un simple patrón de lluvia-desamor-películas que explicaba a la perfección todo el gris que estos días conllevaban. Eran las tres de la madrugada y aún no entendía por qué desde el momento en que me desperté supe que iba a ser un mal día. Los festejos duraron demasiado para mi gusto: las personas parecían estar más felices por mi cumpleaños que yo misma. Nunca me pareció un gran asunto eso de los cumpleaños, o por lo menos no desde aquel día que hoy me cuesta tanto recordar.
Era el día anterior a mis cumpleaños, estaba por convertirme en un quinceañera, edad soñada. Mi vida estaba recién empezando, y lo supe en cuanto conocí a mi primer amor, sólo unos meses antes. Pero las cosas empezaron a andar mal por esas fechas, y lo peor es que ahora no puedo recordar por qué. En vísperas de cumpleaños aquel novio no tuvo mejor idea que dejarme, pero no sin antes decir las palabras más fríamente esperanzadoras que alguien pudo decir. Lo único que me queda de esos tiempos son algunas frases sueltas, sin sentido ni valor alguno. Sentada en mi sillón y ahora con mi vaso de chocolatada fría en mi mano derecha intenté hilar algunos recuerdos, queriendo cerrar diez años después aquella historia tan confusa. Pero al pasar los minutos pude deducir que sólo me quedaban algunas voces vagando por mi mente con esas frases tan poco dignas de recordar que sólo una de ellas pudo captar mi atención.
"Siempre vas a ser mi primer amor"
Jamás me puse a pensar en su significado. Siempre supuse que era mi premio consuelo por ser dejada el día antes de mi cumpleaños, como si alguien me dijera "bah, por lo menos hiciste algo". Pero yo no tuve nada que ver, sólo llegué casualmente primera a la vida de un hombre, y a él no parecía importarle tanto como para resaltarlo. Al prender la tele me enganché con esta película, donde un hombre estaba proponiéndole matrimonio a su novia, recién reencontrados después de diecinueve años, novios de la infancia y amantes adolescentes. Definitivamente el mundo estaba intentando burlarse de mí.
Llegué a odiar el hecho de que sólo recuerdo sus palabras, pero no su voz. No recuerdo ni siquiera su apellido, o su segundo nombre, o su color favorito. No recuerdo su dirección, aunque sí su barrio, pero eso no era mérito de mi memoria sino de un mapa. Sentí como si hubiese besado durante meses los labios de un desconocido. Como si hubiera gastado un cumpleaños llorando por aquel amor que no recuerdo su rostro. Imaginé por un instante qué pasaría si me lo reencontrara, si un extraño me cruza en alguna avenida y me recuerda con aquella voz -que ahora no sé si sonaba muy aguda o muy grave- que yo fui su primer amor. Deduje que él tampoco se acordaría de mí. No recordaría el motivo de nuestra ruptura o nuestro primer beso. No sabría si se enamoró al instante o mas tarde, o el lugar en donde me propuso noviazgo. Empecé a llorar.
Cuando me desperté a la mañana siguiente lo entendí: el primer amor era una gran mentira.
No hay comentarios:
Publicar un comentario