viernes, 25 de mayo de 2018

¿Qué carajo es el amor?

A días de estar por festejar nuestro cuarto aniversario me pongo a pensar en todas las cosas que me gustan de él, lo que nos identifica y las metas que tenemos juntos. Porque hacer regalos siempre fue esa clase de la materia "noviazgo" que falté, y vengo zafando, pero no dejo de ser malísima. 

Si me tuviera que poner a pensar en el transcurso de estos cuatro años no sabría muy bien qué balance hacer. Es que siempre pasa lo mismo, en todos los aspectos de nuestras vidas: tropezamos, nos peleamos, cometemos errores y cuando pasa el tiempo, nos olvidamos. O por lo menos yo, que suelo perder la carrera contra mi memoria. Basándome sólo en el presente diría que son todas cosas buenas. Aprendimos a reirnos, a pasear, a convivir, compartir, soñar. Aprendimos a aprender de a poco, sin apurarnos y sabiendo que siempre nos va a faltar un poquito más. Aprendimos a no frustrarnos, a querernos, a saber que el otro es distinto a uno y que eso no nos hace malos: sólo diferentes. Aprendimos a pelear, a remar, a saber identificar cuando un problema es o no merecedor de nuestra atención y sobre todo, de nuestro tiempo. Sin duda que aprendimos.

Pero no puedo dar por sentado que siempre fue así. Con él tuve los peores momentos de mi vida, o casi todos. Trato de acordarme con detalle, pero es que ya no es un tema de memoria, sino de sensaciones. Hoy en día esos dolores ya no pesan de la misma forma, sino más: son experiencias. Y no hay nada que sea más fuerte que eso.

En lo personal debo decir que esas experiencias me marcaron y van a seguir marcándome toda mi vida. Pero hoy no las recuerdo con dolor sino con valentía y con el saber de, espero, haber aprendido algo. Sin embargo, al ver para atrás no son todas cosas malas.

También sé que con él tuve esa primera etapa que todos desean tener. Para nosotros fue interminable, salvo algunas excepciones. Conocer a alguien, preguntarnos qué nos pasa que estamos tan estúpidos, tener ganas de verlo todo el tiempo y peor, aguantarse esas ganas. Hacerse preguntas, desconocerse a uno mismo salvo por los momentos donde mirás y lo tenés en frente y ahí sí, ahí te conociste por completo. O la otra persona te conoció y te hace creer que aunque vos te olvides por completo quién sos, vas a estar siempre en sus ojos. Esa cosa tan linda de sentir mariposas en la panza. Y esta etapa, como dije, duró muchísimo: incluso sigue habiendo hasta el día de hoy algunas secuelas de esos pibes de dieciséis años que un día fueron a tomar mates a una plaza y se enamoraron como nunca lo habían hecho. 

Sí, en estos cuatro años pasaron muchas cosas. Crecí yo, creció él, cambiamos. Pero cambiamos juntos, y por suerte tengo la certeza de que hay algo que nunca voy a poder negar: en cuatro años siempre tuve a mi lado a un compañero completamente incondicional. Un ser humano, con sus errores y defectos, sensible y enamorado; la persona que me enseñó muchas de las cosas que hoy me hacen ser quien soy. 

Por eso hoy, previo al cuarto aniversario, agradezco a la vida haberlo conocido y le pido a quien le tenga que pedir que no se terminen nunca las experiencias. Porque con él todo va a valer la pena.

Gracias por enseñarme lo que es el amor. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario