Cuesta, pero pasa. Es que a veces uno no está preparado para las cosas, aún cuando tuve estas pesadillas mil veces, aún cuando me he largado a llorar con sólo pensar en la idea, incluso muchos años atrás. Aún cuando a mis allegados siempre les repetí, una y otra vez: "Mis hermanos son lo más importante para mí y si les pasa algo, me muero".
Me imagino en los terceros y sé que me miran con tristeza, con esa mirada de "Uf, la vida le dio donde más le iba a doler". Me imagino que muchas de las lágrimas no fueron sólo por mí, por verme mal, sino también por ponerse en mi lugar y pensar en cómo se sentirían si a ellos les sucediera. Perder a un hermano, amigo, compañero de vida y protagonista de todas tus anécdotas no es algo fácil de digerir. ¿Se digiere acaso en algún momento?.
Hace algunos años tuve mi primer contacto con la muerte. Alguien a quien acababa de conocer murió de un día para el otro en un accidente de auto y asistí al velorio. Lloraba desconsoladamente, tuve ataques de pánico, y no porque iba a extrañarlo sino porque vi a una familia destrozada. Vi a numerosos hermanos llorando todos al unísono, y a una madre inconsolable que no paraba de pedir justicia por su hijo. Definitivamente no, estas cosas no se digieren.
Desde chica siempre tuve arriba mío a dos personajes que fueron incondicionales en todo momento. Todavía me acuerdo cuando a mis quince años dejaste una habitación de la casa completamente desamoblada, porque emprendías tu aventura como padre y te ibas a formar tu familia a otro lado. Fueron sólo unas estaciones de subte de distancia, pero la sensación era kilométrica. Ahora, hace cuatro meses que te había invitado a vivir conmigo a mi casita de Madero, y hoy me agarra el deja vu de ver esa habitación completamente desocupada; pero tus cosas siguen ahí.
Siguen ahí. No te mudaste como aquella vez. Desapareciste. Te fuiste por la puerta un lunes 11 de marzo a las 23 hs y nunca más volviste. Había platos sin lavar, dejaste la cama sin tender, cuentas sin pagar. ¿Qué pasa que no volvés?
No es que no lo entienda. Sé lo que es la muerte, aún escuchando todos los días un ruido de cerradura y pensando que podrías ser vos. El problema es que no se puede explicar. ¿Cómo un pibe tan joven puede dejar detrás tantas cosas sin siquiera despedirse?
Sí, esta entrada está llena de preguntas, y no tengo la respuesta a ninguna. Sin dudas hace tiempo que no escribo por este medio, pero expresarse en vivo es difícil cuando no se pueden hilar dos palabras seguidas sin llorar.
Lo vamos a resolver, Valen y yo, como siempre lo hicimos, guiados por tus ejemplos día a día. Y todos mis cercanos de acá en adelante se enterarán que tuve un hermano que se llamó Nahuel Godoy y, aunque hoy no esté más para acompañarme, me hizo la mujer más feliz del mundo.
Que resuene tu nombre para siempre, Nahue.
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