Mirar atrás es un arma de doble filo. Nuestro contexto aparece y se va cada vez que pestañeamos. Los recuerdos se difuminan todos los días, y las personas que vemos en ellos parecen ser distintas cada vez que los miramos. Todo cambia constantemente, aún ante intentos desesperados de aferrarse a lo que nos gusta y hace bien.
Reconocer el cambio no suele ser tarea fácil, pero sin dudas que es necesaria. Hay momentos de los que uno no puede escapar, por más efímeros que sean, y se encarnan dentro nuestro para transformarnos todos los días un poquitito más; y es que eso es lo más aterrador de aquellos momentos: algunos cambios no se sienten de un día para el otro, sino que cuando nos queremos dar cuenta miramos atrás y ya no nos reconocemos en nuestras propias memorias.
¿Qué consecuencias nos traerá aquel momento renovador? Imposible adivinarlo. Nos levantamos como podemos de los golpes que la vida nos da y a partir de allí nos creamos un nuevo yo, un nuevo escudo, una nueva personalidad. Surgimos como nuevas personas porque la anterior ya no es compatible con el presente dolor que transitamos, y eso nos puede perjudicar en numerosos aspectos: ¿seguirán nuestros seres queridos al lado nuestro? ¿aceptarán mi nuevo yo? ¿cambiaré para bien?
No siempre. Pero tranquila: estate segura de que quienes sigan al lado tuyo son aquellos capaces de aceptar todos tus cambios de acá en adelante y entonces, sólo entonces, podrás decirles: con vos me quedo para toda la vida.
Lástima que con él no haya resultado así. Soltar y seguir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario