Apenas te das vuelta te pasan por al lado nueve meses de un año nuevo sin que llegues a procesarlo. Son seis, en realidad, desde aquel día que no logro sacarme de la cabeza.
No encuentro una sola cosa en mi vida que siga igual que hace seis meses y un dia. Todo cambió, de un segundo para el otro. Todavía me acuerdo que cuando salí de rendir empecé a preocuparme porque todavía no me contestabas los mensajes y yo, sin saber si tenía que cocinarte o no. Mirá qué leve era mi preocupación de ese momento, qué envidiable.
Era feliz y lo sabía. Muchas veces me lo han preguntado y mi respuesta siempre fue la misma: ¿por qué no sería feliz? no puedo pedir nada más. Hoy me miro a mí misma y no me reconozco. No me acuerdo cómo pensaba, cómo sentía, cómo procesaba. En un día me cambió la vida y de la peor manera posible.
No caí en ninguna depresión, no dejé la facultad, no me encerré en mi cuarto. Fueron cambios más profundos. Sé exactamente cuáles, pero no puedo poner en palabras a todos ellos. Sé que mis preocupaciones y prioridades cambiaron muchísimo: mi nueva frase cabecera es "¿no te parece que hay cosas más graves en la vida?".
Definitivamente las hay. Voy por ahí desmereciendo los problemas propios y ajenos, como si no existieran. Destruyo a diario mis relaciones personales con aquellos que quieran inculcar problemas nuevos, al grito de que no voy a gastar las pocas energías que la vida me dejó - casi a modo de favor - en estupideces. Desmerezco las responsabilidades que no requieren mi atención inmediata para tratar de distraerme y disfrutar lo antes que pueda.
Pronto veré las consecuencias de mis presentes irresponsabilidades o bien, entenderé que mi nuevo modo de vida me hizo aprovechar cada momento al tope y agradeceré el cambio. El momento está pasando ahora; lo estoy viviendo, no tengo certeza de lo que ocurrirá de acá en adelante. De todas formas, sé con seguridad una cosa: yo ya tuve la felicidad y me la robaron para siempre.
A los que todavía tienen la oportunidad de ser felices les digo: cuídenla.
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