Todo parecía estar tomando rumbo. Se me acomodaban las ideas, los proyectos, las ganas. De a poco me iba inventando nuevas anécdotas y me consumía nuevamente con la realidad que me rodeaba. Fue como volver a salir a la calle después de años de haber estado a oscuras, aunque mi cabeza aún no estuviera lista para ver la luz del sol.
Superarte fue algo pendiente, no porque no pueda, sino porque la historia había sido inconclusa. De un día para el otro se nos fue de las manos: no nos quisimos hacer cargo de que en realidad nos habíamos destruido hace ya tiempo. Nos culpamos innumerables veces por las peleas presentes pero nos olvidábamos de sostener la mochila que nos pesaba desde siempre.
Hacerse cargo se trató de dejar ir el peso que nos molestaba porque volver a intentarlo ya sonaba obsoleto; ¿cuántas oportunidades nos habíamos dado ya?. Entonces salí y vi luz, y todo pareció estar bien durante un largo tiempo. Encontré algo de espacio para mí misma y también pude distraerme de ese pasado que no dejaba de perseguirme. Me amigué con mi olvidada persona y me sumergí en un mundo que hace años no veía.
Pero un día me di cuenta: estaba caminando por la avenida Corrientes, rodeada de personas. En el celular tenía mensajes sin contestar, algunas invitaciones rechazadas y otras propuestas de planes divertidos para hacer en la semana. Había mucha gente y sin embargo, me encontré ahí, sola. La vida me sacó todo, pero yo sola me encargué de dejar ir lo único que me había dejado.
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