Te miro esos pómulos rosados que resaltan en tu rostro y es sólo eso: mirarte.
Me sonreías como haciendo trampa, sabiendo que se trataba de tu estrategia más eficiente para salir ganando todas las veces. Un mensaje con dos palabras dulces bastaba para hacerme decir que sí, aunque no fuera una tarea difícil, y venías a mi casa en busca de cumplir un objetivo claro.
La noche era como de un cuento de hadas, no tenía nada que reprocharte. Las horas al lado tuyo pasaban volando como quien no se percata del paso del tiempo; dicen que esto ocurre cuando la sensación de bienestar nos distrae de tal forma que ya no prestamos atención en el entorno. El único dato que me importaba sobre el reloj era que cada vez faltaba un segundo menos para que te fueras.
Cuando mis amigas me preguntaban cómo la pasaba con vos la respuesta era siempre la misma. "Me encanta" les decía, como si decirlo en voz alta hiciera que sentirlo fuese menos grave, pero luego no les escribía más noticias sobre vos.
El relato no estaba del todo claro, y era porque siempre me olvidaba de contarles el final: cada vez que amanecía buscabas tu ropa como desesperado y te ibas volando, como quien se acababa de dar cuenta que estaba en el lugar equivocado. Al día siguiente no tenía noticias tuyas. Los temas de conversación eran escasos y las excusas para hablarte todas inválidas, así que todas las semanas se repetía la misma anécdota: la habíamos pasado bien, pero ahora había que esperar a que me volvieras a hablar.
Es raro sentirse del otro lado y no ser yo quien escribe la historia. Sólo deseo que pronto me vuelvas a incluir en alguno de tus capítulos.
Es raro sentirse del otro lado y no ser yo quien escribe la historia. Sólo deseo que pronto me vuelvas a incluir en alguno de tus capítulos.
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