Las copas en el aire esperan ansiosas que el reloj ya no muestre las 23:59. Dentro de un minuto vendrán abrazos, besos, palabras enternecedoras y algún que otro familiar mirándonos con lástima, sabiendo que tus cercanos estamos brindando sólo a modo de trámite, pero que son pocos los motivos de festejo.
Hay personas que pisan tan fuerte que se hacen notar cuando no están. Ojalá hubieses pasado desapercibido en este mundo, pero en vez de eso decidiste vivir tu vida por y para los que siempre te rodearon. Dejaste huellas, muchas, y te responsabilizo a vos y a nadie más que vos por haberte impregnado en los corazones de tu gente mientras que nosotros, viendo cómo el reloj marca por fin el comienzo de un año nuevo, soltamos una lágrima recordándote.
Me gustaría poder decir que aquel recuerdo devastador se acaba de ir con el año que despedimos, pero no es así. Y tampoco queremos que lo sea, porque ¿cómo vamos a querer deshacernos de tus memorias?.
Hubiese sido más fácil que nadie notara que te fuiste, pero nos diste tanto amor y compañía a lo largo de tu vida que lograste que no podamos sacarte de nuestras cabezas. Recuerdo latente el día que tuvimos que despedirte y vuelve a recorrerme la misma sensación al mirar hacia los costados y ver a todos los que supe que notarían permanentemente tu ausencia: una mezcla entre orgullo, por lo grande que fuiste; y enojo, porque duró muy poco.
28 años quedaron muy cortos para semejante persona. Volvé, que aunque quizás vos ya hiciste todo lo que querías hacer, a nosotros nos falta devolverte todo lo que nos diste.
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