El control remoto se había quedado sin pilas y saliste corriendo a comprar nuevas, anticipando que teníamos por delante un domingo interminable de puras películas y golosinas. Te especializaste en los detalles y en procurar que todo fuese perfecto cada vez que nos encontrábamos. Debo decir que el responsable de tanto disfrute y placer eras vos, que empecinado en sumar un domingo perfecto más a la lista de tantos otros, tenías como deber hacerme reír a carcajadas lo que durara nuestra cita.
Descubrí que cada vez que nos veíamos rompíamos un nuevo límite; sumábamos una nueva primera vez. Nosotros, negados, pensábamos que sólo estábamos pasando un lindo rato, cuando inocentes alimentábamos una llama que luego sería muy difícil de ignorar. Con cada risa que me generabas desbloqueabas un nuevo recuerdo feliz en mí, y con cada beso de los nuestros recuperabas un poquito lo que el tiempo se había encargado de robarme los últimos meses.
Me curaste durante unas largas y hermosas semanas. Te encargaste de hacer que cada salida fuese perfecta, aún cuando la incertidumbre acechaba, sin saber si un día me ibas a ver corriendo hacia el otro lado, asustada por el vínculo que habíamos creado.
Si pudiera hablarte con total honestidad te diría, mirándote a esos ojos almendrados, que no voy a ir a ningún lado. No sé muy bien hacia donde nos dirigimos, pero hasta descubrirlo voy a encargarme de pausar el tiempo donde hoy soy más feliz: tus abrazos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario