viernes, 24 de enero de 2020

Incertidumbre

El televisor sonaba casi aturdiendo, pidiendo por favor que le prestara un poco de mi atención, pero las ideas que tenía en la cabeza me gritaban mucho más fuerte que aquella película repetida. 

Tengo experiencia perdiendo batallas contra mí misma: controlar los pensamientos se hace muy difícil cuando la mente te funciona a cientos de kilómetros por hora y, como si frenar mi cabeza fuera fácil, también tengo que tragarme el disgusto de tener que ocultar lo que me pasa con el hipotético y constante mensaje de que haberme enamorado de vos podría convertirse en la peor decisión que alguna vez tomé. 

La llamo "decisión" pero sabemos que no fue así: apareciste por accidente para salvarme de una vida que ansiaba despedir. Me mostraste una realidad que demoró cinco minutos en convencerme de que era la indicada y me llevaste a experimentar los mejores pasatiempos. Me hiciste creer que podíamos seguir cruzando innumerables límites; romper barreras; crear anécdotas. Pero por sobre todas las cosas me hiciste pensar que la informalidad de nuestras acciones no tendría ninguna consecuencia y sin embargo acá estoy: con la garganta llena de nudos y unas palabras que quiero pronunciarte pero no me atrevo. 

Me la juego a pensar que mis acciones representan a diario mis sentimientos, me convenzo a cada minuto de que decirte lo que debo decirte no es necesario, que podemos seguir jugando un rato más a involucrarnos cada vez más en la vida del otro y arriesgarnos a que en el futuro vengan sólo cosas buenas.

¿Pero si no sucede? 

Nadie me asegura que estemos yendo para el mismo lado, y eso sólo provoca que mis ideas se alteren las veinticuatro horas del día. Me distraigo constantemente pensando en si te habrás dado cuenta del poder que -sin querer- te estoy regalando: podés hacerme la mujer más feliz del mundo con sólo sonreír, pero ¿podés cuidar de mis sentimientos aún sin haberte dicho que existen?

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