domingo, 1 de febrero de 2026

El secreto

El fanatismo hacia tu sonrisa era lo único que no intentaba disimular. El resto de las sensaciones, sin embargo, solían encontrar su vía de escape ilegalmente a través de mi piel y quedaban a libre interpretación: el cosquilleo cada vez que me imaginaba tu siguiente anécdota maravillosa; la piel de gallina que me inundaba al oír tus dolores; y la inconfundible adrenalina de ya estar planeando el siguiente encuentro accidental.

Tu forma de ser retumbaba en las habitaciones con un brillo nunca antes visto; pero nos tenías a todos acostumbrados. Recuerdo haberme cuestionado mil veces cuál sería tu receta mágica para no quedarte nunca con preguntas por hacer. La curiosidad te llevaba a lugares donde todos queríamos ir y no lo sabíamos, pero bastaba con estar cerca tuyo para contagiarse de ella y entonces, sin pensarlo —pero intencionalmente—, arrancaba una nueva aventura juntos.

Como quien tiene todo claro en esta vida, te tomabas el trabajo de llevar las riendas del humor del día de todos tus cercanos y lo transformabas en una arena de risas versus emociones. Era como si el resto de los presentes no existiera; como si todo lo que pensabas y expresabas estuviera dirigido hacia mí.

Así nos sentíamos quienes disfrutábamos de tu presencia, de eso no quedan dudas. Pero no todos lo podían declarar. No yo, al menos. No ahora, advertía. No nunca, afirmaba.

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